La Patria Desastre

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La Patria Desastre

Como todo ser humano, siempre me he preguntado qué pasará después de mi muerte. ¿Le importará a alguien mi desaparición de este mundo?. En la mañana del 10 de Agosto tuve la mala suerte de resolver algunas de mis dudas.

También me he preguntado sobre las causas de mi posible muerte: ¿Moriré de viejo?, ¿en un accidente?, ¿qué será?, ¿una moto?, ¿un carro?, ¿un camión?. ¿Me iré por un barranco con mi bicicleta?, ¿en una curva?, ¿me iré por un hueco en la montaña?. O más bien, ¿por una enfermedad?, ¿paro cardiaco?, ¿accidente cerebro vascular?, ¿cáncer de pulmón?. Frente a los recientes acontecimientos de La Patria Ocupada, pensé que ahora lo más probable sería morir asesinado: ¿Por quién?, ¿las disidencias de la guerrilla?, ¿los paramilitares?, ¿El Estado?, ¿falso positivo?, ¿bala perdida?, ¿de quién?, ¿del ejercito?, ¿de la policía?, ¿un taxista?, ¿delincuencia común?, ¿atraco?, ¿puñalada?. ¿Muerto de hambre en una mega cárcel?. ¿Desfilaría el títere como reina de belleza frente a mi cadáver?. Recuerdo ahora a las hormigas: siempre una detrás de la otra, trabajando, llevando sus hojas, avanzando en sus obligaciones, alertas únicamente a lo que tienen más cerca, sin prestar mayor atención a las grandes botas que se aproximan, y que, con un pequeño pisotón, acabarán con su pequeño mundo en un instante.

Me encontraba yo tirado en mi cama, solo, totalmente desnudo, completando ese ritual que me acompaña cada mañana al despertar y que me asegura la lucidez durante el día. De repente, como tantas otras veces, sentí que todo se estremecía, pero no era yo, era todo lo demás. Acostumbrado a que, cuando es la tierra la que se mueve, usualmente no dura mucho tiempo, esperé. Esperé un par de segundos, pero la tierra no se detuvo, siguió e incrementó su poder. Entendí que no era un evento común cuando escuché los gritos de las personas y el quiebre de los vidrios. En ese momento mi conciencia se apagó y fui nada más que un espectador de lo que pasó. Mi cuerpo se movió por si sólo, mientras que a lo lejos seguían los gritos y el estruendo de las cosas rompiéndose, mi cuerpo saltó de la cama, se puso como pudo una pantaloneta al revés y vio la puerta. Mi puerta, que tiene un problema y queda abierta si no se asegura bien, había quedado mal cerrada la noche anterior. En el momento del terremoto, la puerta se abrió lentamente con un chirrido punzante frente a mis ojos. De ser yo una persona supersticiosa, diría que Dios me abrió la puerta, pues mi cuerpo, inconsciente, vio eso como una señal inequívoca de que había que salir corriendo. Así fue. En el pasillo las luces parpadeaban y la sirena ya activada aumentaba el dramatismo del momento. A mi paso, estallaban los tubos del agua, lanzaban chorros que inundaron el pasillo. Sin mirar atrás llegué a la puerta de emergencia, la empujé con violencia y empecé a bajar. Yo vivo en un sexto piso, ni muy arriba ni muy abajo, pero cada piso que bajé parecía interminable. Mientras corría por las escaleras, había una grieta que me perseguía, iba abriendo el muro del frente a la misma velocidad con la que yo bajaba. Cuando iba en el tercer piso la grieta empezó a ganarme. En ese momento recobré algo de mi conciencia, quizá mi cuerpo se rendía y había que despedirse. Los últimos dos pisos los bajé con la plena convicción de una sola cosa: moriré. Pensé, de tantas maneras que había imaginado mi muerte, nunca contemplé morir así. Con tristeza y dándome por muerto logré llegar al primer piso. Cuando golpeé la puerta vi el sol, ya sólo me quedaba un remate final para salvar mi vida. Así lo hice. Salí del edificio a toda velocidad, siendo uno de los primeros en lograrlo. Poco a poco algo de mi conciencia regresó y me dí cuenta de que estaba exhausto, respiraba con dificultad, me dolían las rodillas, me dolían los músculos y me ardía la garganta. Frente a mí, algunos vecinos miraban al cielo, esperando el momento en el que se dejara de mover el mundo. De rodillas, con lagrimas en sus mejillas, con sus manos al cielo, la Señora gritaba desesperadamente las plegarias a su Dios. La otra, caminaba de un lado a otro, llorando, con la cara roja, y gritando con dolor: ¡Mi casita! ¡mi casita! ¡la mía es chiquitica! ¡es pobre! ¡no resiste como acá!.

Cuando paró, ya sólo se escuchaban los sollozos de la gente y los pitos de las alarmas. Pensé que el edificio podría caerse en cualquier momento, así que salí a la calle, me alejé lo más que pude. Me encontré semidesnudo, a pie limpio, sin dinero, sin tarjetas, sin teléfono celular, solo, sucio y a la intemperie. Me quedé ahí, esperando. Me di cuenta de la ilusión de mi aparente prosperidad. En un instante me había convertido, al menos por ese momento, en un desposeído. Sentí, como nunca antes, la rudeza de la calle y de la indiferencia. Me crucé con personas que aunque parecían no haber presenciado el desastre, pues seguían su camino sin aparente preocupación y hasta sonrientes, no se atrevieron a preguntarme por qué me encontraba yo de esa manera. Nada, silencio, ni una mirada. Me había hecho invisible.

Después de un rato volví. El contraste era notorio, cuando escapé aún no habían evacuado todos, ahora se aglomeraban decenas de personas. La incertidumbre era máxima, nadie sabía si era seguro subir, podía haber fugas de gas, incendios e inundaciones. Nadie sabía si el edificio soportaría una réplica. Yo tenía dos opciones, esperar o arriesgarme. Si esperaba, y había una replica que tirara todo abajo, perdería mis pocas pertenencias, medios de subsistencia y de comunicación. Luego de sentir momentáneamente lo que era el despojo, no estaba dispuesto a seguir así, así que me arriesgué y subí. Subí por esas mismas escaleras por las que había bajado, ya la grieta de la pared había detenido su avance, ya las alarmas estaban apagadas y las fugas de agua cerradas. Mi puerta aún estaba abierta y muchas de mis cosas se habían caído al piso. Lo único que se mantuvo firme en su lugar fueron los tres gruesos tomos de El Capital. Rápidamente, metí en una maleta lo necesario para sobrevivir, me vestí, agarré mi bicicleta y volví a salir. Ya no era un desposeído, ya no era invisible.

Con mi mente aún a medio camino de recobrar total lucidez, sentí que debía ir a buscar al único ser querido que tengo cerca. Nos separan unos pocos kilómetros, por lo que ella estaba dentro del circulo de influencia del terremoto y podría estar en peligro. Fue imposible comunicarme por teléfono, así que, con las pertenencias que había logrado rescatar a mis espaldas, salí en mi bicicleta en su búsqueda. Al salir, no pude evitar escuchar que, aquellas Señoras que antes había visto tan descompuestas, ahora recibían las instrucciones del Señor Administrador: no podían irse, debían quedarse a limpiar. Ahora eran ellas las invisibles, pensé. Las calles estaban colapsadas, ríos de personas a lado y lado, carros mal parqueados buscando protección de un posible derrumbe de los edificios, carros y motos unos detrás de los otros atascados en fila india. Avancé a través del caos como pude, mientras escuchaba a las personas hablar: “Mamita me quedé sin apartamento”, “mi mamá no me contesta”, “a mi papá lo bajaron entre tres vecinos”, “el televisor se me vino encima”, “la nevera se cayó”, “la vecina del décimo no pudo salir, allá está”, “mirá como quedó esa pared”. A algunos apartamentos se les habían caído las paredes, se podía ver desde afuera el desastre que había quedado en su interior. Seguí avanzando, mientras pensaba: ¿estará bien?. De nuevo se me apagó la conciencia. Mis piernas empezaron a pedalear solas, avancé por la carretera sin parar, ignorando el caos, el hecho de que llevaba un peso inusual a mis espaldas, la deshidratación que sentiría después, y las quemaduras que el sol me iba haciendo en la piel. Me imaginaba una escena desastrosa: con edificios de doce pisos derrumbados, personas heridas, atrapadas, muertas, incendios por todas partes, lamentos, gritos, y personas corriendo frenéticamente de un lado para el otro pidiendo auxilio. Pero cuando al fin llegué, no era el caso. Los edificios habían resistido mucho mejor que los de mi barrio y estaban prácticamente intactos. Aunque habían muchas personas muy asustadas evacuando, el panorama era mucho más alentador. Felizmente puedo decir que ella estaba bien. Sin embargo, ya empezaban a llegar las noticias de que el desastre que me había imaginado yo allí, se había hecho realidad en otros muchos lugares de la ciudad y de la patria.

Edificios derrumbados, personas atrapadas, heridas y muertas. ¿Y los vivos?: El grueso de su patrimonio, si no es que todo, desaparecido en cuestión de segundos. Sus lugares de trabajo, clausurados por quedar dañados. Toda una vida de trabajo asalariado, explotación y auto explotación, esfuerzo y dedicación, una larga vida de horas extra, de viajes en calles contaminadas, de noches en vela, de atracos, estafas e injusticias, toda una vida de hambre y de sed, toda una vida que ahora estaba sepultada debajo de los escombros. ¿Y El Estado?: Ausente. Fueron los ciudadanos comunes y corrientes quienes lograron rescatar a las personas que salieron con vida de entre los escombros. El Estado sólo llegó a recoger los muertos. Fueron los ciudadanos quienes se organizaron para llevar la ayuda humanitaria que era urgente. Fueron los ciudadanos quienes formaron esas cadenas humanas que recibían las donaciones, de otros comunes y corrientes, que provenían de todos los lugares de la patria. Fueron los ciudadanos quienes arriesgaron su vida e integridad para meterse entre los escombros con la esperanza de rescatar a alguien más con vida. El Estado llegó, tiempo después, a declarar los caciques que reinarían en cada zona del desastre, serían ellos quienes decidirían quién podía ayudar y quién no, serían ellos quienes decidirían qué ayuda se recibía y a nombre de quién, serían ellos quienes racionarían la comida y quienes decidirían a quién se podía ayudar y a quién no. Y para que no hubiera ninguna duda sobre su autoridad, El Estado rodeó los escombros con jóvenes pobres con fusil al hombro, para vigilar que nadie entrara y que nadie saliera sin permiso del cacique. Mientras tanto, otros jóvenes pobres, pero sin fusil, y sin cacique, se movilizaban atestados en una volqueta destartalada, hondeando la bandera de la Patria Ocupada, gritando y cantando con esperanza, buscando lugares en los que su ayuda aún fuera necesaria y permitida.

Me encontraba yo en una fila de voluntarios frente al derrumbe de dos edificios de cinco pisos, esperando mi turno para entrar. Muchos ciudadanos comunes y corrientes esperábamos pacientemente a que El Estado hiciera uso de nuestra fuerza de trabajo. Iban y venían los voluntarios que recorrían las diferentes zonas del desastre. Me contaban como habían esperado varias horas en otros lugares y aún así no se les había permitido ayudar. Y no soló seres humanos eran puestos en espera, sino que también la costosa y escasa maquinaria era parqueada a acumular polvo. Me contaban como la noche anterior habían logrado rescatar a una persona con vida pero que poco tiempo después había fallecido. También habían rescatado a varios cuerpos. Pero que, desde que llegó El Estado, todo se había entorpecido, y lo que debía ser una mayor y mejor coordinación, había terminado en conflictos de mando, pues los bomberos discutían con la defensa civil, la defensa civil discutía con la policía, la policía con los voluntarios, los voluntarios con los bomberos, y los bomberos de la provincia con los bomberos de la capital. Lo que debía ser una acción decidida y eficaz, y una oportunidad para demostrar cómo la fuerza de trabajo coordinada crea riqueza, fue más bien una oportunidad aplacada por la impotencia, convertida en una competencia por reconocimiento entre funcionarios. La razón que se nos daba a los comunes y corrientes era que necesitaban personal especializado para el rescate, y que estaban a la espera de la llegada de rescatistas extranjeros con mucha experiencia, artilugios modernos y técnica sofisticada. A mis espaldas, uno de los voluntarios, un hombre mayor pero de voluntad firme, replicó: “¡Pero qué me dicen eso a mi ah! Si yo he vivido toda mi vida acá y sé de los edificios. ¡Qué va a saber un extranjero de cómo levantaron esto!. Yo soy Ingeniero de acá. Nacido, vivido y casi muerto acá. Yo les ayudo más que ellos. ¡Qué van a saber esos bomberos de eso!. Necesitan es ingenieros civiles. ¡Dejáme entrar pues!”. No le hicieron caso. El hombre se fue, triste, de mal humor e impotente. Minutos después, uno de los voluntarios que estaba adentró salió gritando: “¿Hay algún ingeniero civil aquí? ¡Lo necesitamos urgente!”. Ante tal falta de sincronización nos miramos los unos a los otros con tristeza.

Luego llegaron algunos de los tan esperados rescatistas extranjeros, trayendo consigo la esperanza de encontrar más personas con vida. Tristemente, la esperanza se esfumó rápidamente cuando uno de los caciques les preguntó si tenían al día todos sus documentos de seguridad social, afiliación al sistema de pensiones, seguro de vida, caja de compensación familiar, seguro obligatorio de accidentes de transito, y todas sus credenciales como rescatistas debidamente acreditadas y homologadas por el gobierno nacional de La Patria Ocupada. Como no era así, el cacique les indicó que dichos trámites se podían hacer en la Notaría, pero que la Notaría se había derrumbado y el Notario había quedado atrapado bajo los escombros. Por lo tanto, debían esperar a que el Notario fuera rescatado o que se acreditara plenamente su deceso con acta de defunción, para poder así nombrar a un Notario nuevo. Dada la urgencia de la situación, el cacique les sugirió desplazarse a la capital para realizar los trámites que les hacían falta. Los tranquilizó así: “No se preocupen que aquí todo está cubierto, además ya viene en camino un batallón de élite que es experto en desastres”.

Pasaba el tiempo y presenciábamos más ocurrencias. Tuvimos la oportunidad de ver como Mi Teniente y Mi Capitán trasladaban unas cuantas ayudas en su vehículo particular, extrañamente lo hacían no hacia el refugio sino hacia afuera de él.

Seguíamos esperando nuestro turno. Yo seguía escuchando a los otros voluntarios. Una de ellas, que había estado poco antes adentro del derrumbe, dijo con fuerza: “¿Si vieron lo que dijo el gran hijueputa ese frentón malparido? Mucha gonorrea, disque no dejó entrar a los Topos, que porque son de izquierda ve. Mucho hijueputa. ¿Y es que el hijo de puta de su perra madre es bobo o qué? Eso no se entiende. Eso no se hace. Acá se está muriendo la gente y el marica ese rechazando ayuda. La otra Presidenta dijo que ese huevón de mierda había rechazado las ayudas. Y es que por culpa de ese pirobo marica es que esto está acá parado. Antenoche sacamos a una señora viva. Anoche sacamos varios cuerpos y sacamos gatos y sacamos perros. Si ese perro hijueputa hubiera dejado entrar a esa gente, más gente viva sacábamos. Hoy nada, y esto no se mueve ve. Que mierdero. Estamos jodidos con ese huevón. Que sólo va a dejar entrar a los amigos de él. O sea, a los de derecha. ¡Imagínese eso!. O sea que sólo a los hijueputas fascistas esos asesinos. Nos van a venir a rematar.”. En efecto, los fascistas asesinos, provenientes de la Patria Ocupante y Genocida, hicieron su entrada triunfal unos días después, cuando ya no había ninguna oportunidad de rescatar a nadie con vida y ya sólo quedaba sacar a los muertos. Pero como un fascista asesino no sabe sino de muerte y de su profanación, decidieron que lo mejor era demoler lo que quedaba, terminar de aplastar los cuerpos y sacar más rápido los cadáveres con retro-excavadora, la maquina preferida del fascismo, después de la motosierra y las cámaras de gas. Los Genocidas aprovecharon para hacer una suerte de ritual de la muerte en el que se tomaban fotografías y videos, posando como héroes rescatistas que venían desde muy lejos a rescatar de la barbarie a un grupo de pobres miserables. Pero no era así, no engañaban a nadie. Todos sabíamos que eran una fuerza de ocupación y que venían en tareas de espionaje. Recorrían las zonas del desastre en sus lujosas camionetas, llegaban a cada punto, se bajaban, intimidaban alevosamente a los voluntarios que les increpaban por asesinos, filmaban reportajes para los medios amigos, ordenaban pasar a la fase de demolición, se limpiaban la mierda de las botas y se volvían a subir a sus camionetas. Y así lo hicieron hasta que la desesperanza nos hizo perderles el rastro y hoy nadie sabe en dónde están.

Mientras los ciudadanos atrapados pasaban a ser ciudadanos muertos, y mientras se llenaba el aire de la ciudad con un olor a polvo, sangre y tristeza, y mientras los que quedaron vivos, pero sin hogar, se volvían invisibles, el gobierno de ocupación, encargado al muy frustrado cantante pero nada frustrado estafador, planeaba su gira teatral por las zonas del desastre. Como si se tratara de un artista exitoso, llevaba su juego de luces, sonidos, cámaras y aplausos allí a dónde fuera que hubiera personas desamparadas por el desastre. Llegaba en helicóptero a todas partes, y para que no se ensuciaran sus zapatos de charol, ni su ropaje de terciopelo, un soldado alto, fornido y apuesto lo bajaba en brazos de su helicóptero, como a un bebé, y lo montaba en una sillita acolchada hecha a su medida que, con un sistema de palos y cadenas, cuatro soldados se lo podían cargar al hombro y llevarlo a su destino. Si no estaban muy lejos, seguía en su sillita, pues no desperdiciaba ninguna oportunidad para exhibir con mucho orgullo la sillita que la mismísima Embajadora Ad Honorem de la Moda había diseñado para él. Si era muy lejos, el mismo soldado alto, fuerte y apuesto, lo subía en una de esas lujosas camionetas en las que los soldados de la Patria Ocupante habían hecho su ritual de la muerte. En cada destino lo esperaban sus Ministros Ad Nauseam de Mercadeo y Manipulación, quienes ya tenían todo planeado sobre cómo sería la coreografía de cada ocasión. Le decían qué decir, cuándo decirlo y con qué tono de voz. Le avisaban si habrían actores de reparto o si sería un monologo en el que él era la única estrella estelar. Le indicaban si debía ir vestido de traje formal, de policía, o de guachiman, con gafas oscuras, cachucha o sombrero, o si se debía llevar pistola, fusil o cuchillo. La escena podía corresponder a una entrega de juguetes, un discurso lastimero con lagrimas en las mejillas, una misa, un culto, un discurso de guerra o una colecta de limosna para el recién creado emprendimiento de La Primera Estafadora de la nación: El Fondo Desastre. Sería él mismo, quien, luego sería grabado por las cámaras de televisión, entregando unas pocas de esas mismas muchas limosnas, mano en mano, a unos cuantos viejos nuevos muy pobres.

Se reunió también con el Ministro Ad Libitum del Interior y con el Ministro Ad Detritus de La Vivienda. El del Interior le informaba que los ciudadanos afectados eran de dos tipos: pobres y muy pobres. Los muy pobres estaban acostumbrados a estas penurias y tenían amplia experiencia en construcción, pues las casas que se habían caído las habían construido ellos mismos, por lo que se podía simplemente regalarles unos cuantos palos y unas cuantas tejas para que las volvieran a hacer. Los muy pobres sabían vivir con poco y prácticamente con nada, y con los juguetes que les habían dado podían distraer el hambre. En el caso de los pobres, bien tenían a familiares pobres en otros lugares de la patria que podían recibirlos en el piso de una sala o en el piso de un comedor, o al lado de los perros. Y, para los que no tuvieran esa ventaja, ya se había logrado un acuerdo con el Sector Privado para que brindara algunas facilidades para los pobres. En su infinita benevolencia, propusieron los Prestamos Desastre: Créditos de Vivienda con tasas de interés sin techo, como las casas. Si el pobre no puede pagar, se le cobra el doble de interés, y si se atrasa, se le dobla otra vez, y si se sigue atrasando, vuelven y lo doblan, y así sucesivamente: Ad Astra, hasta las estrellas. Otra gran propuesta surgió de un hecho innegable: los pobres habían sido la primera línea de ayuda en las primeras horas del desastre, así que ¿por qué no usar los ahorros que esos mismos pobres tienen para la vejez?. Se darían como garantía para los Prestamos Desastre, entrarían al Fondo Desastre, y protegerían a los bancos de la pobreza de los pobres. Brillante. Y no sólo eso, sino que el Sector Privado, dueño de gigantescos almacenes, atestados de materiales y herramientas, y con una larga historia de extraordinarias ganancias financieras, decidieron que la mejor estrategia para enfrentar el desastre era la de otorgar descuentos, esos si con techo, para que los pobres de la patria se metieran la mano al bolsillo e hicieran su donación. Así, los pobres de la patria se volverían un poco más pobres para que los muy pobres de la patria no fueran tan pobres, dejando en el medio a los ricos, quienes recibirían una ganancia, un poco menor, por su gestión en la transacción. Y para que los ricos se animaran a donar el mugre de sus uñas, El Estado les perdonaría los impuestos que les corresponde a sus riquezas. Frente a tan variadas e interesantes propuestas del Ministro Ad Libitum del Interior y del Sector Privado, el Ministro Ad Detritus de La Vivienda se sintió satisfecho y cansado después de un largo día de trabajo, un día después de su posesión, así que propuso posponer su agenda un par de semanas y tomarse el merecido descanso que tanto necesitaba. Se le vio en pijama, borracho, insolado por el sol, y dando un sermón a un grupo de otros borrachines, hablándoles de la virtud que hay en el sacrificio por el prójimo, y sobre la admiración a la vida austera y de por qué hay que perpetuarla, todo esto mientras que dibujaba una casita en la arena de una playa de la patria.

Días después del desastre pude regresar a mi hogar. Como una cobija vieja llena de parches, la ciudad quedó con baches de vivienda: edificios y casas que, o bien se derrumbaron, o cuyas afectaciones eran tales que ya no se puede vivir ahí. Antes del desastre, los ciudadanos que fueron engañados por el exitoso estafador, decoraron sus viviendas con los colores y banderas de la Patria Ocupada. El estafador venía a hacer el ritual de posesión de la patria. Esa decoración se quedó ahí, congelada en el tiempo. Las banderas pegadas en las paredes quedaron sucias, mal puestas, rodeadas de huecos, grietas y ladrillos rotos. Hoy la decoración de las fachadas se complementa con las cintas amarillas, las polisombras verdes, y las pancartas rojas, que dicen: inhabitable. En las noches, la atmósfera se torna lúgubre, lo que antes era un mosaico de luces de diferentes intensidades y colores, hoy es un vacío oscuro. Los vecinos buscan darle una explicación a lo que pasó. Algunos se refugian en su fe. El Primer Estafador de la nación les ha convencido de que Dios, en su infinita sabiduría, eligió el momento preciso para poner en marcha el desastre, de tal forma que, el Primer Estafador de la nación tuviera un reto digno de sus habilidades. Por lo tanto, si los ciudadanos no hubiesen caído presas de la estafa, Dios no habría tenido la necesidad de asfixiar o aplastar personas hasta la muerte, ni tampoco de destruir las casas de los pobres, ni mucho menos de matarlos lentamente de hambre y de sed. Algo similar dicen otros vecinos, pero por diferentes causas. Aseguran que en el ritual de la posesión se liberó al demonio que estaba atrapado en esta ciudad y cuyos carceleros somos todos nosotros. Dios, con una profunda ira y sed de venganza, arremetió en contra nuestra por incapaces. El demonio andaría suelto por ahí y la única manera de encerrarlo sería realizando un ritual inverso: Deberíamos capturar al estafador más grande de la nación, que es el mismo que lo liberó, vestirle con el más lujoso de sus trajes, amarrarlo de pies y manos a una cruz invertida muy alta, clavar la cruz en la tierra y dejar al sacrificado de cabeza. Rodearíamos la cruz invertida con sus disfraces, con sus armas, con sus fotos con otros demonios, y con copias impresas de sus discursos, todo esto atraería al demonio, el cual sería seducido por tal reunión de simbología maligna y de objetos profanos. Encerrando la cruz y los objetos, un circulo de pólvora, aserrín y madera serviría para dar inicio al ritual. Una vez el sacrificado se ha desmayado, será esa la señal de que el demonio ha entrado a su cuerpo y se le podrá prender fuego. Así, Dios determinará si el demonio vuelve a ser enterrado en la tierra, perdonando al estafador y extinguiendo las llamas, o si más bien debe sacrificarse en la hoguera como castigo para poder liberar a la patria de la ocupación. Aunque tentador, los vecinos están equivocados. Veinte años atrás los ingenieros de la patria ya sabían que en cualquier momento el desastre podía ocurrir. Ya sabían con precisión qué zonas de la ciudad serían las más afectadas y por qué. Ya sabían cuales edificios se caerían y cuántos muertos era posible tener. ¿Y por qué El Estado no atendió durante veinte años a las sugerencias de los ingenieros? ¿Por qué no se preparó? Por la misma razón que el Primer Estafador de la nación estafó a la nación, porque lo que da votos, y, por lo tanto, las llaves del Estado, es: alabar a algún dios, vender algún ritual, o hacer un ridículo espectacular en televisión y en las pantallas de los celulares.

Una Patria Desastre no puede tener un sólo desastre. Las noches lúgubres que se viven después del terremoto, son ahora iluminadas por las llamas de los incendios, pero no las del soñado ritual inverso, sino las de las quemas de la fauna y de la flora, quemas que se advirtieron con décadas de anticipación. Las casas que se creía estaban seguras de los desastres por estar sobre roca firme en las montañas, ahora son amenazadas con ser reducidas a cenizas. Y, los habitantes que vivimos en los edificios que sobrevivieron al terremoto, los improvisados refugios, y los nuevos desposeídos que ahora viven en las calles, recibimos sobre nuestras cabezas la lluvia de ceniza negra, y el humo blanco en nuestros pulmones, recordándonos que aún vivimos, que aún somos bienvenidos en este mundo, si, bienvenidos a la Patria Ocupada.